7/29/2009
7/03/2009
La vida agarra sound track

En las mañanas mi carro es el lugar perfecto para que la radio ejerza su influencia, cumpla su misión. La música y los programas de entrevistas suben al podio. Conversando, César Miguel Rondón y Kiko Bautista dan en el blanco: de cierto modo ella juega con el tiempo, revive el pasado, trae a nosotros el futuro.
Si uno se pone a ver, cada quien tiene su historia musical. Hay gente cuyos días pasan a ritmo de conga o de merengue, aceptarían la rúbrica de Juan Luis Guerra, de Fernandito Villalona. Viven a pleno sol, deambulan al compás de Santo Domingo o San Pedro de Macorís. El poder de la música evidencia el toma y dame que producen sus entrañas: implica que los humanos vuelcan sobre melodías recuerdos, añoranzas, decepciones.
Tengo un amigo que es el vivo retrato de una ópera de Verdi. Otro idéntico a la Novena de Beethoven y otro que desde el desayuno, hasta la hora de dormir, surfea minutos sintiéndose una versión actual de Frank Sinatra en My Way, es decir, apoteósico y desenfrenado, con ganas de llevarse el mundo por delante. Un mínimo esfuerzo serviría para arrancar el velo musical que nos cubre. Hace falta abrir los ojos, claro, pero sobre todo escuchar con atención.
En este país la mayoría es vivaldiana. La mitad de Venezuela es barroca, y la otra también. Abundan los sonidos entramados, confundidos muchas veces, casi superpuestos. Eclécticos algunos, simplemente atiborrados de pianos, trompetas, cuerdas y metales buena parte de los que viven aquí, lo cierto es que el barroquismo se nos sale por los poros, en el buen sentido y en el muy malo también. Se me ocurre que éste es el único lugar del mundo donde Schubert o Bach hubiesen compartido escena con Tito Puente. Cornos y timbales, salsa y scherzos como pareja abrazadita mientras al fondo suena un bolero: Felipe Pirela, Armando Manzanero, Héctor Lavoe cantándole a unos ojos verdes.
Mi hija, que tiene cinco años, va como si nada de Lazy Town a Arroz con leche, de Poncho Sánchez a Toquihno, de Hola don Pepito a los Conciertos de Brandenburgo. Tengo la convicción de que así somos por aquí, vaya usted a saber cómo y por qué, y eso es bueno, entre otras razones debido a que ese reflejo musical, pongo por ejemplo, es fiel imagen de nuestro sentido de la tolerancia.
Como una máquina del tiempo, la música sirve para sacarle la lengua al pasado, o al futuro. Para burlarse del reloj y su cárcel a la que nos tiene acostumbrados. Llegamos hasta ellos por un click, cruzamos la frontera del off para llegar al on y ahí está el mundo a los pies de Chico Buarque o de Santana, y en ese mismo instante la adrenalina, la memoria, la nostalgia haciendo de las suyas.
La vida agarra sound track mientras afuera llueve y en el carro el tiempo se desmenuza, cae a pedazos, se acuesta boca arriba para fumarse un cigarrillo.
Si uno se pone a ver, cada quien tiene su historia musical. Hay gente cuyos días pasan a ritmo de conga o de merengue, aceptarían la rúbrica de Juan Luis Guerra, de Fernandito Villalona. Viven a pleno sol, deambulan al compás de Santo Domingo o San Pedro de Macorís. El poder de la música evidencia el toma y dame que producen sus entrañas: implica que los humanos vuelcan sobre melodías recuerdos, añoranzas, decepciones.
Tengo un amigo que es el vivo retrato de una ópera de Verdi. Otro idéntico a la Novena de Beethoven y otro que desde el desayuno, hasta la hora de dormir, surfea minutos sintiéndose una versión actual de Frank Sinatra en My Way, es decir, apoteósico y desenfrenado, con ganas de llevarse el mundo por delante. Un mínimo esfuerzo serviría para arrancar el velo musical que nos cubre. Hace falta abrir los ojos, claro, pero sobre todo escuchar con atención.
En este país la mayoría es vivaldiana. La mitad de Venezuela es barroca, y la otra también. Abundan los sonidos entramados, confundidos muchas veces, casi superpuestos. Eclécticos algunos, simplemente atiborrados de pianos, trompetas, cuerdas y metales buena parte de los que viven aquí, lo cierto es que el barroquismo se nos sale por los poros, en el buen sentido y en el muy malo también. Se me ocurre que éste es el único lugar del mundo donde Schubert o Bach hubiesen compartido escena con Tito Puente. Cornos y timbales, salsa y scherzos como pareja abrazadita mientras al fondo suena un bolero: Felipe Pirela, Armando Manzanero, Héctor Lavoe cantándole a unos ojos verdes.
Mi hija, que tiene cinco años, va como si nada de Lazy Town a Arroz con leche, de Poncho Sánchez a Toquihno, de Hola don Pepito a los Conciertos de Brandenburgo. Tengo la convicción de que así somos por aquí, vaya usted a saber cómo y por qué, y eso es bueno, entre otras razones debido a que ese reflejo musical, pongo por ejemplo, es fiel imagen de nuestro sentido de la tolerancia.
Como una máquina del tiempo, la música sirve para sacarle la lengua al pasado, o al futuro. Para burlarse del reloj y su cárcel a la que nos tiene acostumbrados. Llegamos hasta ellos por un click, cruzamos la frontera del off para llegar al on y ahí está el mundo a los pies de Chico Buarque o de Santana, y en ese mismo instante la adrenalina, la memoria, la nostalgia haciendo de las suyas.
La vida agarra sound track mientras afuera llueve y en el carro el tiempo se desmenuza, cae a pedazos, se acuesta boca arriba para fumarse un cigarrillo.
12/11/2008
El encanto de la a
Para Daniel

Quizás por eso la primera letra del abecedario se da la mano con los orígenes. Ella empalma con la niñez, con el inicio de la vida, con esos tiempos donde el espacio borroso de lo que apenas comienza nos marca y se abre como una flor. A es la letra que siempre, sin excusas, sin ausencias por ningún motivo, está presente en las portadas de todas las cartillas infantiles. Por algo será.
Es la A quien también se ubica en primer lugar, cómo no, haciendo lo suyo en la canción que mil y una veces navegaba de boca en boca cuando se escuchaba el timbre que nos invitaba a recreo. “A, e, i, o, u, el burro sabe más que tú”. Alta y espigada, como empinándose para medir el horizonte que la niñez tiene enfrente, la A termina por colarse y aparecer ahí, única, primera de la fila. O minúscula e informal, ahora la a, en su circularidad y su baja estatura, guarda todo el parecido del mundo con una pelota, mundo en sí misma, pozo de sueños donde cabe un niño africano, pemón, sueco o taiwanés.
Recuerdo a la a metida de cabeza en un termómetro. La a dando brazadas en la cucharada del medicamento para la tos. La a en boca del doctor, quien finalmente, con su cara regordeta y asomando los ojos por encima de los lentes que colgaban en la punta de una nariz muy alargada, pedía decir aaaaaa. Era de lo más incómodo ese alargamiento forzado, con olores que mudaban como si nada del alcohol al yodo, de esta medicina a esta otra, una especie de pronunciamiento contra los males venidos y por haber, contra el dolor de garganta o de muelas, contra el asma o la fiebre o la parotiditis. Aaaaaaaaa era eso, nada más que eso, un estiramiento mágico, pero a la vez fantasmagórico. Aaaaaaa olía por completo a consultorio.
En ese umbral que se va haciendo más nítido entre la infancia y la adolescencia la a se transforma en un caleidoscopio, sus significaciones se matizan como nunca, cobra otras fisionomías a fuerza de años: una a ya no es la misma a. Metáfora lingüística del universo, supone la prueba letrada en la que el mismo Horacio ve confirmada su sentencia. La a por fin descubre la verdad de cuanto vamos siendo: “no nos bañamos dos veces en el mismo río”. La a, como la vida, es una y es otra, es una y es muchas, y a veces es una y es ninguna.
Esta letra se las trae. Me cae bien desde pequeño, es una grafía con historia, con personalidad -fíjese que esa palabrita, historia, no en balde la usa como cerrojo, como broche de oro-. La a ha sido testigo del acontecer, ha estado presente en la paz y en la guerra, en lo mediocre y en lo extraordinario. Empezando por la idea de amor, mire cómo la a despunta y lo inaugura. A-mor, vid-a, org-a-smo, m-a-cho, hembr-a, a-rte, la a, qué duda puede caber a estas alturas, guarda en su memoria lo que hemos sido y lo que somos.
De la a dice el diccionario: “Primera letra del abecedario y primera de las vocales./Denota el complemento de acción del verbo./Indica dirección, término, situación, intervalo de lugar o de tiempo.” Qué referencia tan simplona, qué definición tan asfixiante. Como para salir espantado. Esta letra es un mundo, claro, ancha, profunda, cambiante. ¿Qué sería de todos sin ella?
Es la A quien también se ubica en primer lugar, cómo no, haciendo lo suyo en la canción que mil y una veces navegaba de boca en boca cuando se escuchaba el timbre que nos invitaba a recreo. “A, e, i, o, u, el burro sabe más que tú”. Alta y espigada, como empinándose para medir el horizonte que la niñez tiene enfrente, la A termina por colarse y aparecer ahí, única, primera de la fila. O minúscula e informal, ahora la a, en su circularidad y su baja estatura, guarda todo el parecido del mundo con una pelota, mundo en sí misma, pozo de sueños donde cabe un niño africano, pemón, sueco o taiwanés.
Recuerdo a la a metida de cabeza en un termómetro. La a dando brazadas en la cucharada del medicamento para la tos. La a en boca del doctor, quien finalmente, con su cara regordeta y asomando los ojos por encima de los lentes que colgaban en la punta de una nariz muy alargada, pedía decir aaaaaa. Era de lo más incómodo ese alargamiento forzado, con olores que mudaban como si nada del alcohol al yodo, de esta medicina a esta otra, una especie de pronunciamiento contra los males venidos y por haber, contra el dolor de garganta o de muelas, contra el asma o la fiebre o la parotiditis. Aaaaaaaaa era eso, nada más que eso, un estiramiento mágico, pero a la vez fantasmagórico. Aaaaaaa olía por completo a consultorio.
En ese umbral que se va haciendo más nítido entre la infancia y la adolescencia la a se transforma en un caleidoscopio, sus significaciones se matizan como nunca, cobra otras fisionomías a fuerza de años: una a ya no es la misma a. Metáfora lingüística del universo, supone la prueba letrada en la que el mismo Horacio ve confirmada su sentencia. La a por fin descubre la verdad de cuanto vamos siendo: “no nos bañamos dos veces en el mismo río”. La a, como la vida, es una y es otra, es una y es muchas, y a veces es una y es ninguna.
Esta letra se las trae. Me cae bien desde pequeño, es una grafía con historia, con personalidad -fíjese que esa palabrita, historia, no en balde la usa como cerrojo, como broche de oro-. La a ha sido testigo del acontecer, ha estado presente en la paz y en la guerra, en lo mediocre y en lo extraordinario. Empezando por la idea de amor, mire cómo la a despunta y lo inaugura. A-mor, vid-a, org-a-smo, m-a-cho, hembr-a, a-rte, la a, qué duda puede caber a estas alturas, guarda en su memoria lo que hemos sido y lo que somos.
De la a dice el diccionario: “Primera letra del abecedario y primera de las vocales./Denota el complemento de acción del verbo./Indica dirección, término, situación, intervalo de lugar o de tiempo.” Qué referencia tan simplona, qué definición tan asfixiante. Como para salir espantado. Esta letra es un mundo, claro, ancha, profunda, cambiante. ¿Qué sería de todos sin ella?
10/07/2008
La mudez de la h
(Para Yerianni y Valentina, Nicolás y Jean Claude, Laurita, Diego, Fernando y Ricardo. Para Sofía, Camila y el pequeño Daniel)Hay gente que no habla, que nunca lo ha hecho. Existen personajillos incapaces de decir esta boca es mía. Muchos se quedan sin voz cuando más les urge gritar. Y otros echan mano del mutismo como mecanismo para mirarle el rostro a los dioses, para lograr con él ese estado místico previo a la comunión divina.
Lo anterior es parte de la vida, o así me parecía. Por ejemplo, cuando observaba en la niñez a dos señores parloteando gracias a la lengua de señas, nada, era una forma extraña de decir las cosas, pero qué importaba. Ahora bien, lo que me costó entender, lo que jamás logré arrancar de mi asombro fue que la hache fuera muda.
¿Cómo iba a ser? ¿Qué entuerto fascinante arrojaba semejante afirmación? Una vez le pregunté a la maestra si las letras conversaban. Llegué aquella mañana con el morral a cuestas disparando a quemarropa:
-Maestra, ¿la efe puede hablar con la doblevé?
Aún recuerdo su reacción, su sonrisita, su cortés invitación a formar, a estarme quieto, a apurarme para cantar el himno. Lo canté, y mientras lo hacía imaginaba un romance entre la corpulenta be mayúscula y la mínima ere, y me preguntaba cómo haría la í de María si se enamoraba de aquella lejana eme. Qué trucos inventaría la a para besar a la espigada ele en un universo como Claudia, y así. Pensaba en el caos, analizaba variables, sacaba conclusiones. La mudez de la hache era un misterio que esa misma noche me produjo fiebre. Llegué a soñar con ella: la hache, pobrecita, sentada en el último pupitre, perdida en su mutismo mientras a su alrededor danzaban letras parlanchinas. Soñé con la palabra alcohol, que yacía inmensa, azulada, en su frasco sobre el cajón de los primeros auxilios. Vi en sueños a Honduras, de cuya existencia supe por la clase de Sociales. Apareció hamaca y, años después, la majestuosa Alhambra.
La escuela sirvió poco para iluminar estos enredos. Un profesor de Castellano respondió alguna vez que era muda porque le habían comido la lengua los ratones, y en ese mismo instante el tipo me pareció despreciable, el colmo de la estupidez hecha persona. Que la hache fuese muda era muy triste, y también injusto, claro, ¿por qué ella sí y las demás no? Surgió entonces una pregunta filosófica, comenzó a aflorar el sentimiento descorazonador de que las cosas pueden ser precarias, de que la relatividad es una presencia común en la vida cotidiana.
Cierta vez, en cuarto grado, me dio por escribir helementhal en un examen, y camihón y habuelita y chondhucto haudhithivho hextherno. Si la hache era muda, total, serviría para jugar. Me rasparon la prueba, me regañaron en la escuela, llamaron a mis padres con la urgencia que el caso ameritaba. Llegué a pensar que querían enmudecerme. Imaginé a mi pobre amiga, supuse cuál sería su historia. Entendí su silencio, comprendí al dedillo por qué se estaba como si nada ante la algarabía que la rodeaba en una palabrita tan dinámica como alharaca. En esa fiesta sí que no había piñatas para ella.
Sonreí. Sentí el alivio de un peso menos sobre los hombros. Había descubierto algo nuevo: el lenguaje también tenía su lógica, la escuela era un lugar contradictorio, la hache era la letra más divertida del abecedario.
Aquella noche dormí como un lirón.
8/29/2008
Mi baño y yo
Ir al baño es un rito indispensable. Más allá de lavarse los dientes o las manos, por encima del aseo en cualquiera de sus manifestaciones, el baño es la catedral del regocijo, un espacio aparte donde todo se dispone para la quietud, para los ratos de silencio cuando únicamente es preciso acabar con la rutina, con el bullicioso ir y venir de la cotidianidad.Sentados, cómodamente sentados en el altar de los dioses, el baño se transforma en un espacio paralelo. Es el rincón sagrado de mi casa, punto sobre el que converge todo el hieratismo de quien va en busca de la Piedra Filosofal, y esperanza de los que persiguen ciertas soluciones luego de ablandarlas a fuerza de cálculo puro y duro, de montañas de neuronas.
En el baño de mi casa he arreglado el mundo. Nada menos. Ahí hallé las mil y una formas de despachar dolores de cabeza. Le salí al paso a trabas de múltiples pelajes. El baño de mi casa es un Olimpo situado a un lado de la sala en el que vaya usted a saber cómo y por qué, todo invita al recogimiento filosófico, al encuentro con la verdad, a la superación de los males, es decir, a la felicidad monda y lironda.
Tengo un amigo que juega al ajedrez para espantar sobresaltos, y otro al que le da por sudar la gota gorda corriendo en las mañanas con el noble fin de despejar la mente, oxigenarse, dar en el clavo a la hora de alejar entuertos. Qué va, nada mejor que ir al baño. Claro, los hay atorrantes, bizarros por donde los veas, como los de carretera o los de ciertos restaurantes, que si te metes en ellos mueres asfixiado o septisémico. Pero el mío es el Oráculo de Delfos en pleno siglo XXI. No existe templo para el pensamiento, para el funcionamiento de la materia gris, más efectivo que esas cuatro paredes a manera de nave central, cuyo altar uso a diario para la limpieza del cuerpo y del espíritu. Un lavamanos, una ducha y la poceta, ¡ah, la poceta! Qué no hubieran arrojado al mundo, aparte de sus cargas intestinales, San Angustín o San Anselmo, Sócrates, Platón o Aristóteles.
Yo, entre el batiburrillo de todos los días y ese rincón para echarse a placer que con toda razón reclamamos porque de otro modo iríamos directo al manicomio, escogí hace años la Capilla Sixtina que es el bueno de mi baño. Ahí me abro a la comprensión y la contemplación, al pensamiento, a la soledad y a la razón, a la duda y al método para vencerla.
Entre National Geographic y algunos cómics -a mis quince Playboy yacía oculta debajo del bidé-, abriéndose paso junto al papel tualé y una cestita con flores que mi esposa ubicó encima del tanque, unos ejemplares esperan con resignación su turno para ser abiertos, acaso leídos, hojeados cuando menos mientras se vacían las tripas y aparece “in crescendo” la atmósfera perfecta para entender la vida y sus misterios, y por supuesto disfrutarla.
Mi baño es la filosofía hecha hogar, nicho, ámbito sagrado, sitio de peregrinaje. Un universo paralelo al trajinado, tan pedestre, que va siendo el resto de la casa. Ahí cabe la felicidad a sus anchas.
4/26/2008
El dinosaurio
A mi amigo Alirio Pérez Lo PrestiDice mi esposa que soy un dinosaurio. No es para menos. Prefiero un sin fin de cosas que hace tiempo cayeron en desuso, gracias, entre otras razones, al peñasco imponente de una modernidad que te devora con sus fauces.
Las cosas viejas me atraen, qué se le va a hacer. El cuarto de los trastos, una montaña de periódicos amarillentos, la entrañable Remington que fue desplazada por la computadora. Dice mi mujer que soy un caso perdido, el vivo retrato, en plena época de chips y superconductores, de una especie muerta, enterrada, a Dios gracias ya extinta.
Tengo un amigo escritor que dos veces por semana, cuando viene a casa a visitarnos, luce unas manchas blanquecinas en las manos, muestra con orgullo los dedos impregnados del corrector líquido que buen favor le hace al momento de quitar entuertos en sus textos, de espantar duendes tipográficos. Es otro miembro del clan, uno más de los poquísimos que quedan, otro dinosaurio en pleno siglo veintiuno.
Cada vez que doy mis clases, en las ocasiones de una charla cualquiera, al momento de una reunión para hablar de lo humano o lo divino, de algo interesante o fastidioso, de lo universal o simplemente de eso que te llama la atención, por minúsculo que sea, cada vez, digo, medio mundo lanza la pregunta, ofrece el Vellocino, restriega en plena cara la Piedra Filosofal de la academia moderna: “profesor, ¿va a querer el video beam?” Mi respuesta, que invariablemente es negativa, resulta un escupitajo. Una conferencia, entonces, no es una conferencia, así como escribir no es escribir sin la pantalla o cocinar no es cocinar porque se echó a perder el microondas. Yo soy un dinosaurio, qué le voy a hacer, y esa mala leche empalma con la buena conciencia. A veces tengo la impresión de que antiguaya semejante es una pieza de museo magnífica, foco de interés para estudiosos de todos los pelajes y demás cultores de la avanzada tecnológica, ante la cual, dicho sea de paso, no es que tenga nada en contra.
Diego Rojas Ajmad, colega de la universidad que es un espadachín de la pantalla líquida, del universo electrónico y de la realidad virtual, el otro día vio de reojo mi celular LG, modelo fósil, tan bueno que repica bajo el agua pero carbonífero por todos los costados, y recomendó ipso facto que me cuidara de un tétanos. Otro amigo, Álvaro Molina, aderezó la idea con aditamentos de lo más impublicables. Y así. Pedro Suárez se frota las manos y disfruta cada letra antes de colgarme su sentencia: premoderno.
Qué se le va a hacer, vuelvo y repito. De los peroles viejos, de entre un sin fin de artefactos que fueron vapuleados por el vértigo del progreso queda el olorcito a naftalina, el cutis aporreado, pero también cierto entrañable sabor a vino centenario, a roble milenario, a ecos de otros tiempos.
De un indiscutible dinosaurio puede esperase cualquier cosa. Incluso la peor. Prefiero una hoja de papel a una computarizada, con su carga de árboles talados y demás. Un tarantín de libros viejos es un tarantín de libros viejos, con alergias de por medio, aunque la asepsia de otras librerías, en el mejor de los emplazamientos, te haga cosquillas en la espalda, cruce las piernas insinuándose y termines bajo un mismo techo y unas mismas sábanas.
En fin, que mi esposa tiene toda la razón del mundo. Los dinosaurios existen, no vaya usted a creer, y hay que observarlos, pobrecitos, y llevarles la contraria y mantenerlos a raya, no vaya a ser que acaben un mal día con ciertos celulares de avanzada, videos beam de última generación o libros ecológicos sin una mota de polvo, gordos de silicio y llenos de teclitas por doquier.
He dicho.
3/01/2008
Cultura en cápsulas
Entro a la librería y al cabo de husmear por un rato se planta frente a mis narices un ejemplar que me llama la atención.En este mundo la velocidad es un valor. Los segundos cuelgan apurados del reloj, compiten por desmigajarse, aplastándonos sin mínima piedad. El tiempo es un monstruo amenazante: por una parte huimos de él y por otra intentamos doblegarlo.
Ahí, feliz en su anaquel yacía “1000 preguntas de cultura general con sus respuestas”. Lo tomé, lo hojeé un poco, y noté entonces el gancho que era su razón de vida, un cúmulo de datos a manera de respuestas frente a interrogantes de cualquier ralea.
La velocidad es un valor, sin duda. Casi un símbolo sagrado, pero resulta que a estas alturas ya va siendo supersónica. Importa menos el aprendizaje sudoroso: es imperativo el dato a flor de piel, la respuesta galopante en la punta de la lengua, amasada y digerida. Nuestra realidad es una realidad prefabricada, asunto ubicado tras bastidores en eso de lograr cierta cultura acorde con los días presentes, de cartón, encapsulada, pero, dirán algunos beneficiarios inocentes, cultura al fin.
Un libro para construir gente sabihonda de la noche a la mañana. Menuda pendejada. Aquello de la gimnasia entremezclada con la magnesia aparece donde menos se lo espera uno, y para remate usufructuando el verdadero y único conocimiento, ése producto de lecturas detenidas, sosegadas, de reflexión constante, de digestión de ideas que a la vuelta de los años llegan a decantar en algo más o menos compatible con la sabiduría.
Alguna vez, en un café destartalado de Upata, Pedro Suárez y quien esto escribe presenciamos el vómito de datos pintorescos e información impresionante que un hombre, algo pasado de tragos, arrojara a voz en cuello luego de proclamarse filósofo a los cuatro vientos. Su histrionismo me trajo el recuerdo de Funes, memorioso personaje que inventó Jorge Luis Borges, porque el individuo era nada más que una máquina repetidora, alguien que en apariencia desconocía el olvido, un Funes upatense indigestado con la información que a velocidad astronómica echaba afuera mientras empinaba el codo.
Supongo que este libro, con sus preguntas y respuestas, hace las veces de fármaco a favor de la cultura, por lo que se empeña lanza en ristre contra la ignorancia. Sólo que el conocimiento empaquetado, cuadriculado, listo para servir como amalgama urgente, como aspirina intelectual, digo yo que dura poco. Justo lo que el vértigo en los días que corren. Justo eso.
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