8/29/2008

Mi baño y yo

Ir al baño es un rito indispensable. Más allá de lavarse los dientes o las manos, por encima del aseo en cualquiera de sus manifestaciones, el baño es la catedral del regocijo, un espacio aparte donde todo se dispone para la quietud, para los ratos de silencio cuando únicamente es preciso acabar con la rutina, con el bullicioso ir y venir de la cotidianidad.
Sentados, cómodamente sentados en el altar de los dioses, el baño se transforma en un espacio paralelo. Es el rincón sagrado de mi casa, punto sobre el que converge todo el hieratismo de quien va en busca de la Piedra Filosofal, y esperanza de los que persiguen ciertas soluciones luego de ablandarlas a fuerza de cálculo puro y duro, de montañas de neuronas.
En el baño de mi casa he arreglado el mundo. Nada menos. Ahí hallé las mil y una formas de despachar dolores de cabeza. Le salí al paso a trabas de múltiples pelajes. El baño de mi casa es un Olimpo situado a un lado de la sala en el que vaya usted a saber cómo y por qué, todo invita al recogimiento filosófico, al encuentro con la verdad, a la superación de los males, es decir, a la felicidad monda y lironda.
Tengo un amigo que juega al ajedrez para espantar sobresaltos, y otro al que le da por sudar la gota gorda corriendo en las mañanas con el noble fin de despejar la mente, oxigenarse, dar en el clavo a la hora de alejar entuertos. Qué va, nada mejor que ir al baño. Claro, los hay atorrantes, bizarros por donde los veas, como los de carretera o los de ciertos restaurantes, que si te metes en ellos mueres asfixiado o septisémico. Pero el mío es el Oráculo de Delfos en pleno siglo XXI. No existe templo para el pensamiento, para el funcionamiento de la materia gris, más efectivo que esas cuatro paredes a manera de nave central, cuyo altar uso a diario para la limpieza del cuerpo y del espíritu. Un lavamanos, una ducha y la poceta, ¡ah, la poceta! Qué no hubieran arrojado al mundo, aparte de sus cargas intestinales, San Angustín o San Anselmo, Sócrates, Platón o Aristóteles.
Yo, entre el batiburrillo de todos los días y ese rincón para echarse a placer que con toda razón reclamamos porque de otro modo iríamos directo al manicomio, escogí hace años la Capilla Sixtina que es el bueno de mi baño. Ahí me abro a la comprensión y la contemplación, al pensamiento, a la soledad y a la razón, a la duda y al método para vencerla.
Entre National Geographic y algunos cómics -a mis quince Playboy yacía oculta debajo del bidé-, abriéndose paso junto al papel tualé y una cestita con flores que mi esposa ubicó encima del tanque, unos ejemplares esperan con resignación su turno para ser abiertos, acaso leídos, hojeados cuando menos mientras se vacían las tripas y aparece “in crescendo” la atmósfera perfecta para entender la vida y sus misterios, y por supuesto disfrutarla.
Mi baño es la filosofía hecha hogar, nicho, ámbito sagrado, sitio de peregrinaje. Un universo paralelo al trajinado, tan pedestre, que va siendo el resto de la casa. Ahí cabe la felicidad a sus anchas.

4/26/2008

El dinosaurio

A mi amigo Alirio Pérez Lo Presti

Dice mi esposa que soy un dinosaurio. No es para menos. Prefiero un sin fin de cosas que hace tiempo cayeron en desuso, gracias, entre otras razones, al peñasco imponente de una modernidad que te devora con sus fauces.
Las cosas viejas me atraen, qué se le va a hacer. El cuarto de los trastos, una montaña de periódicos amarillentos, la entrañable Remington que fue desplazada por la computadora. Dice mi mujer que soy un caso perdido, el vivo retrato, en plena época de chips y superconductores, de una especie muerta, enterrada, a Dios gracias ya extinta.
Tengo un amigo escritor que dos veces por semana, cuando viene a casa a visitarnos, luce unas manchas blanquecinas en las manos, muestra con orgullo los dedos impregnados del corrector líquido que buen favor le hace al momento de quitar entuertos en sus textos, de espantar duendes tipográficos. Es otro miembro del clan, uno más de los poquísimos que quedan, otro dinosaurio en pleno siglo veintiuno.
Cada vez que doy mis clases, en las ocasiones de una charla cualquiera, al momento de una reunión para hablar de lo humano o lo divino, de algo interesante o fastidioso, de lo universal o simplemente de eso que te llama la atención, por minúsculo que sea, cada vez, digo, medio mundo lanza la pregunta, ofrece el Vellocino, restriega en plena cara la Piedra Filosofal de la academia moderna: “profesor, ¿va a querer el video beam?” Mi respuesta, que invariablemente es negativa, resulta un escupitajo. Una conferencia, entonces, no es una conferencia, así como escribir no es escribir sin la pantalla o cocinar no es cocinar porque se echó a perder el microondas. Yo soy un dinosaurio, qué le voy a hacer, y esa mala leche empalma con la buena conciencia. A veces tengo la impresión de que antiguaya semejante es una pieza de museo magnífica, foco de interés para estudiosos de todos los pelajes y demás cultores de la avanzada tecnológica, ante la cual, dicho sea de paso, no es que tenga nada en contra.
Diego Rojas Ajmad, colega de la universidad que es un espadachín de la pantalla líquida, del universo electrónico y de la realidad virtual, el otro día vio de reojo mi celular LG, modelo fósil, tan bueno que repica bajo el agua pero carbonífero por todos los costados, y recomendó ipso facto que me cuidara de un tétanos. Otro amigo, Álvaro Molina, aderezó la idea con aditamentos de lo más impublicables. Y así. Pedro Suárez se frota las manos y disfruta cada letra antes de colgarme su sentencia: premoderno.
Qué se le va a hacer, vuelvo y repito. De los peroles viejos, de entre un sin fin de artefactos que fueron vapuleados por el vértigo del progreso queda el olorcito a naftalina, el cutis aporreado, pero también cierto entrañable sabor a vino centenario, a roble milenario, a ecos de otros tiempos.
De un indiscutible dinosaurio puede esperase cualquier cosa. Incluso la peor. Prefiero una hoja de papel a una computarizada, con su carga de árboles talados y demás. Un tarantín de libros viejos es un tarantín de libros viejos, con alergias de por medio, aunque la asepsia de otras librerías, en el mejor de los emplazamientos, te haga cosquillas en la espalda, cruce las piernas insinuándose y termines bajo un mismo techo y unas mismas sábanas.
En fin, que mi esposa tiene toda la razón del mundo. Los dinosaurios existen, no vaya usted a creer, y hay que observarlos, pobrecitos, y llevarles la contraria y mantenerlos a raya, no vaya a ser que acaben un mal día con ciertos celulares de avanzada, videos beam de última generación o libros ecológicos sin una mota de polvo, gordos de silicio y llenos de teclitas por doquier.
He dicho.

3/01/2008

Cultura en cápsulas

Entro a la librería y al cabo de husmear por un rato se planta frente a mis narices un ejemplar que me llama la atención.
En este mundo la velocidad es un valor. Los segundos cuelgan apurados del reloj, compiten por desmigajarse, aplastándonos sin mínima piedad. El tiempo es un monstruo amenazante: por una parte huimos de él y por otra intentamos doblegarlo.
Ahí, feliz en su anaquel yacía “1000 preguntas de cultura general con sus respuestas”. Lo tomé, lo hojeé un poco, y noté entonces el gancho que era su razón de vida, un cúmulo de datos a manera de respuestas frente a interrogantes de cualquier ralea.
La velocidad es un valor, sin duda. Casi un símbolo sagrado, pero resulta que a estas alturas ya va siendo supersónica. Importa menos el aprendizaje sudoroso: es imperativo el dato a flor de piel, la respuesta galopante en la punta de la lengua, amasada y digerida. Nuestra realidad es una realidad prefabricada, asunto ubicado tras bastidores en eso de lograr cierta cultura acorde con los días presentes, de cartón, encapsulada, pero, dirán algunos beneficiarios inocentes, cultura al fin.
Un libro para construir gente sabihonda de la noche a la mañana. Menuda pendejada. Aquello de la gimnasia entremezclada con la magnesia aparece donde menos se lo espera uno, y para remate usufructuando el verdadero y único conocimiento, ése producto de lecturas detenidas, sosegadas, de reflexión constante, de digestión de ideas que a la vuelta de los años llegan a decantar en algo más o menos compatible con la sabiduría.
Alguna vez, en un café destartalado de Upata, Pedro Suárez y quien esto escribe presenciamos el vómito de datos pintorescos e información impresionante que un hombre, algo pasado de tragos, arrojara a voz en cuello luego de proclamarse filósofo a los cuatro vientos. Su histrionismo me trajo el recuerdo de Funes, memorioso personaje que inventó Jorge Luis Borges, porque el individuo era nada más que una máquina repetidora, alguien que en apariencia desconocía el olvido, un Funes upatense indigestado con la información que a velocidad astronómica echaba afuera mientras empinaba el codo.
Supongo que este libro, con sus preguntas y respuestas, hace las veces de fármaco a favor de la cultura, por lo que se empeña lanza en ristre contra la ignorancia. Sólo que el conocimiento empaquetado, cuadriculado, listo para servir como amalgama urgente, como aspirina intelectual, digo yo que dura poco. Justo lo que el vértigo en los días que corren. Justo eso.

2/07/2008

Un carnaval para el mundo


De entre las fascinaciones humanas el cuerpo ocupa los primeros puestos. Es sabido que lo desconocido, la misteriosa sensación de encontrarse al borde de experiencias límite, siempre llama la atención, seduce de manera impresionante, quizás porque la adrenalina marcha codo a codo con nuestros anhelos. Pero el cuerpo humano, albergue de pasiones, cuna de placeres y elemento productor de feromonas, no negará usted que es, y con cuánta razón, la Tierra de Gracia, el verdadero Paraíso por el que algunos, menos afortunados, sucumben, y otros terminan por elevarse, aún más allá de la carne.
Los carnavales de Río dan fe de lo anterior. El culto al desenfreno que los antiguos, tanto como los modernos, han vivido a tope, tiene en la catarsis el hilo conductor donde el jadeo, el sudor, la risa, el baile o unos muslos que se yerguen como dos columnas son el non plus ultra de un hacer erótico cuyo destino no es más que el cuerpo mismo.
Dicen los que saben que todo acontecimiento con ropajes de erotismo exige una fórmula maravillosa: desvestirse hasta cierto punto, insinuar más que mostrar. Una carroza en Río es una vitrina, perfecta pasarela que guarda el taconeo de mujeres border line, justo en la frontera donde un latido de más implica ataque fulminante al corazón. Cuando el éxtasis llega a cotas de arte, entonces irrumpen la gracia, las curvas, la piernas de infarto como deletreadas a lo Henry Miller. Una mulata en Río se transforma en oráculo, y otro, y otro, y otro va cayendo presa de sus profecías, aunque no se pronuncie una palabra.
De Copacabana al sambódromo dista la medida justa que separa a un trago de más y uno de menos. La mínima variante entre esos dos cielos se equipara con la pérdida total o la ganancia máxima, finalmente -ésta última- no otra cosa que el placer a punto, el placer carnal, el placer humano en su estricta animalidad. De placeres, pues, está hecho todo carnaval que se respete, y el de Río, diga usted si no, guarda el oleaje perfecto para todo surfista del hedonismo.
Como contraparte de la luminosidad apolínea, el Rey Baco viene por sus fueros. En cada uno de nosotros habita un doctor Jeckyll jactancioso de su verticalidad, pero con mister Hyde pisándole los talones, es decir, deshojándole la margarita a quienes prefieren la asepsia de un quirófano y las fiestas con karaokes, pulcras tarjetas de invitación, bajo techo y vigilados. Los carnavales de Río ponen una venda al ojo escrutador que nos ausculta desde lo más profundo de nuestro inconsciente, para bien o para mal, y de ahí los vidrios rotos al amanecer, de ahí la entrega por completo o la autolimitación y el equilibrio -nunca falta un aguafiestas, qué se le va a hacer-. En fin, que en la noche profunda de Dionisos usted verá lo que hace. Cada quien con su estricto cada cual.
Río es locura, colorido, misterios ancestrales, brillo que encandila a la medianoche a fuerza de samba, decibeles y bilis en la punta de la lengua, justo cuando llega a amanecer. Horror y fiesta en un abrazo que termina cuando el sol se pone enfrente, al calor de la resaca, de las emociones y de los cuerpos fundidos.

1/08/2008

Inteligencia


El mundo está lleno de gente inteligente, no me cabe duda. Pero si a ver vamos, puestos a considerar las opiniones de muchos al respecto, el adjetivo lleno se quedaría corto: repleto, saturado, casi a reventar sería la forma de aludir el asunto. Cualquier encuesta lo demostraría. Sólo basta con pedirle a cada quien su opinión sobre la trama cerebral que porta, y Einstein se reproducirá como conejo.
Sucede sin embargo que en cuestiones de neuronas pasa como cuando leen la lista de los presentes en cualquier actividad. Están todos los que son pero no son todos los que están. A los inteligentes, que son muchos (ya lo he reconocido arriba), se les encuentra en el sitio equivocado, y sitios equivocados aparecen, se multiplican, crecen día a día como la espuma.
En Venezuela, por ejemplo, hay más de estos lugares por kilómetro cuadrado que en cualquier otra región del mundo. No es que el alcalde tal del municipio cual sea un tarado inútil, un bueno para nada o un inepto sin posibilidad alguna de recuperación, nada de eso, la cosa amerita un tratamiento distinto, obedece a un trasfondo de lo más complejo, pues el tipo es en verdad brillante, sólo que se peló en los menesteres.
Pasa lo mismo con un gentío inmenso. La señora que habla y habla de política económica únicamente para que se rían de ella, o esos individuos autosuficientes que juran ser el non plus ultra de lo máximo, la tapa para cualquier frasco. O también aquellos que, parados frente a los espejos, sacando pecho suponen ser la encarnación de Bogart entremezclado con Max Planck, y ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario, como sostuvo aquel filósofo metido a adeco, muestra más que suficiente de que no ando demasiado equivocado.
Inteligentes somos todos, decía mi abuelita cada vez que yo me rascaba la cabeza en el fallido intento de despejar x y sustituirla por y, o cuando no daba pie con bola a la hora de buscarle el objeto directo a ciertos elementos gramaticales que por nada del mundo llegaba a comprender, aunque quisiera. Tenía que buscar mi sitio, volvía ella y decía, nada más era cosa de encontrar mi lugar, repetía con cariño hasta el cansancio.
Después de mucho reflexionar llegué a la conclusión de que tenía razón. Es que un mecánico de aviones que sirve para ser mecánico de aviones no debería andarse canturreando boleros en un estudio de televisión, pongo por caso. Y a un papanatas (que los hay, no vaya usted a creer) genio entre los papanatas, tampoco es que le iría muy bien metiéndose a dentista, digo yo. Todas las mañanas, después de comprar el periódico y comenzar a leerlo acompañado de un cachito de jamón en el café de la esquina, compruebo lo que he dicho, si es que he podido decirlo. Desde la primera página brincan las tapas de los frascos, vuelan a placer Bogart y Max Planck, se pelean a dentelladas todos los pechos inflados y saltan a la vista los muchísimos lugares equivocados.
Ayer, sin ir muy lejos, la prensa informa sobre discusiones profundísimas para darle forma a un partido único oficialista. Imagínese usted, cierta cantidad de grupos políticos con trayectoria, cédula de identidad y huellas digitales, suicidándose en nombre de Planck. Pero hay más: échele un vistazo a las creencias del gobernador, buenas para combatir el hampa y dar más libertad a la libertad de expresión: suprimir páginas rojas en los diarios y controlar, cupulera y gobierneramente, a los medios de comunicación social. Un pecho inflado al más puro estilo Bogart, nada más y nada menos.
Pero el mundo está lleno de gente inteligente, el problema no es de neuronas, vuelvo y repito. Estos tipos se desempeñan a años luz del lugar que mejor les iría para hacer las cosas bien, y he ahí el punto focal de cuanto disparate se les sale por los poros. El mismo Presidente, que en cuestiones de intelecto compite con su rolliza humanidad, ha pasado por momentos grises, (no demasiados, claro, Dios no lo permita nunca). Pero de que los ha tenido pues los ha tenido, y entonces la ruta de la empanada, los cultivos hidropónicos, el parque en La Carlota, los fundos zamoranos, la ruta del chocolate, el trueque, los gallineros verticales, la década plateada, la década dorada, los cultivos organopónicos, las bicicletas chinas, el desarrollo endógeno y, en fin, eso que dio en llamar, a falta de mejor nombre, socialismo del siglo XXI.
Yo mismo, en vez de escribir, debería quizás andar en otras lides. En alguna de ellas brillaría, estoy seguro. Es que uno cae de bruces en el lugar equivocado y lo demás es un lío. Que lo digan los políticos.


12/17/2007

Un regalo en Navidad

Pensar que diciembre es tiempo de obsequios, de sonrisas, pero también, claro, de melancolías, de volver la vista atrás y darse cuenta de que el tiempo ha pasado, de que otros, tan entrañables como inolvidables, ya no nos dan la mano, ya no están entre nosotros.
Soy un hombre afortunado. Camila, que hace tres años vino a alumbrarme la vida, espera con asombro a su hermano quien, vaya usted a saber por cuáles enigmáticas razones, es el culpable de que la panza de su madre luzca hinchada, gigantesca, tan grande como el regalo de estos días: una pelota que golpea sin ningún remordimiento, todas las veces de este mundo, contra la pared aguamarina de su cuarto.
Diciembre, que es un mes para pensar en otras cosas, guarda hoy la fuerza de la emoción hecha espera, convertida en espacio justo para reflexionar a ritmo de taquicardia o de tromba marina, es decir, diciembre se me ha convertido, como quien no quiere el asunto, en época de filigrana, torneada a mano, sin rebuscamientos, sin costuras visibles, sólo dada a deglutir la certeza de que otra vez habrá un alumbramiento.
Mientras escribo imagino a Daniel leyendo estas líneas. No son nada del otro mundo, desde luego, ni mi idea es tomar rutas moralizadoras. Nada de eso. Cuando pienso en alguien de ocho meses con sus días, que luego cumplirá años, y después otros tantos, y así, y entonces tecleo para contar ciertas historias, menudas impresiones que deseo expresar a alguien -esas que me atraviesan cuerpo y alma-, pienso con el corazón, exactamente con la adrenalina de por medio: un chorro de latidos que, cosa de lo más extraña, produce una paz muy pocas veces vislumbrable.
Resulta curioso, pero me doy cuenta de que la paternidad es una experiencia con mucho de identidad única y nada de repetitivo. Se es padre una vez, y a la segunda vale decir que lo anterior, el hecho de que ya has sido papá, permanece en un ámbito particular, en el justo lugar de la memoria pero sin mayores conexiones con lo que tienes que vivir ahora. Ser padre es ser padre y punto, lo cual implica que una, dos, tres o más veces juegan cada una a robarse el universo para sí, es decir, exprimes los momentos, o ellos te exprimen a ti, como si no hubiera habido otros. Bendita sea esa realidad.
En Navidad se dan otros sabores, entre otras razones gracias o a pesar de la publicidad, de los televisores, del día a día lleno de vértigo, de un cuento como el de Charles Dickens, y en ésta, la espera rebasó ya los ocho meses. Un hijo en Navidad es un regalo extraordinario, razón que hace infinitamente más dulce, más inconmensurable, más cargada de lo bueno a unas fechas que en las remembranzas conservan hondos gestos familiares, algunas lágrimas furtivas y olorosos recuerdos de la infancia.
Decía arriba que imagino a Daniel leyendo estas palabras, y al hacerlo veo a un niño, y también a un hombre, que a su vez en una Navidad cualquiera espera un hijo. Es que uno se repite en ellos, uno tiende a ver el propio rostro en el océano de vida que conforman los retoños. Hasta que en un instante, en un fogonazo misterioso se encuentran las miradas y entonces te percatas de que él es él y tú eres tú. Ahí descubres el milagro de cuanto ha ocurrido.
Diciembre es tiempo de regalos, y también de perdones. Tiempo para el sosiego, si se puede, y tiempo para la familia. Cuando menos eso me quedó en la piel, más allá de los días en que caminaba de la mano de mi padre o de mi madre. La Navidad huele a pan, huele a vino, es una caja de colores, hay mucho de humano en este mes. Un hijo en Navidad resume todo esto, y aparte de una bendición, es la mejor muestra de que la vida está ahí, hermosa y triunfante, como racimo de flores.

11/27/2007

Par de gigantes